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jueves, marzo 31, 2011

¿Alguien te hizo daño?


Santiago de los Caballeros. (Atanay.Com).-Un buen día Pedrito llegó de la escuela que echaba fuego. Entró a su casa dando patadas en el suelo, gritando y vociferando.
Su papá le pregunta qué le pasa. Pedrito, muy irritado, le dice: “¡Papá, te juro que tengo mucha rabia! Raulín no debió hacerme lo que me hizo. ¡Por mí, que se muera! ¡Le deseo todo el mal del mundo! ¡Es más, tengo ganas de matarlo!” Y conste, Pedrito estaba hablando del que hasta poco antes había sido su mejor amigo.
El papá, hombre sencillo y sabio, escuchaba con calma a su hijo, quien continuaba lanzando improperios. “¡Imagínate que el burro de Raulín me humilló delante de todo el mundo! ¡Eso no se lo acepto! ¡Ojalá se enferme y no pueda ir más nunca a la escuela!”
Así las cosas, el padre se fue al patio, cogió un saco de carbón y le dijo a su hijo: “¿Ves esa camisa blanca que está en el tendedero? Hazte de cuenta que esa camisa es Raulín, y que cada uno de estos pedazos de carbón son esas cosas malas que le deseas a tu amigo. Tírale todo el carbón que hay en el saco, hasta el último pedazo. Yo vuelvo luego.”
Pedrito lo tomó como un juego y comenzó a lanzar carbones, pero como la tendedera estaba lejos, pocos acertaron la camisa. Una hora después, el padre regresó: “¿Qué tal te sientes?”
“Cansado pero contento. Logré que algunos pedazos dieran en el blanco”.
El papá tomó al hijo de la mano y le dice: “Vamos a mi cuarto, quiero enseñarte algo”.
Ahí lo pone frente a un espejo de cuerpo entero. Pedrito se llevó tremendo susto. Estaba totalmente negro. Solamente se le veían los dientes y los ojos.
“Hijo mío, la camisa en el tendedero apenas quedó un poco sucia, pero ni remotamente comparable a lo sucio que tú quedaste. Así es el mal que deseamos a otros, se nos devuelve y se nos multiplica en nosotros mismos.
Por más que queremos o podamos perturbar la vida de alguien con nuestros malos deseos, la suciedad siempre queda en nosotros mismos”.
¡Cuántos de nosotros lanzamos improperios contra otras personas, sin saber que esos mismos improperios nos dañan mucho más a nosotros mismos! La Sagrada Escritura nos dice que la ira lleva a la injusticia: “El hombre violento provoca querellas, el hombre airado multiplica los delitos” (Prov 29, 22). Más aún, la ira mina la salud: “Envidia y malhumor los días acortan, las preocupaciones traen la vejez antes de tiempo” (Eclo 30, 24). La ira impide la misericordia divina y atrae el juicio de Dios.
Nos cuesta más perdonar cuando sabemos que tenemos la razón y que el otro es el que está actuando mal. Pero: todos hemos pecado contra Dios infinitamente más de lo que nadie podría jamás pecar contra nosotros.
Dice San Juan Crisóstomo: “¿Hay alguien que te hizo daño? Ten lástima de él, no lo odies; llora y lamenta, pero no te apartes de él, porque “no eres tú” el que ofendió a Dios, sino él... Piensa en Jesús que, cuando lo iban a crucificar, se alegraba por sí mismo pero lloraba por los que lo estaban crucificando”.
Bendiciones y paz.
casadeluzjn812@gmail.com
Atanay

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